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miércoles, 5 de agosto de 2009

Metáforas que hieren, ladrillos que duelen


Por Milagros Pérez Oliva, defensora del lector de El País (Madrid)

La visibilidad pública es la primera condición de existencia en la llamada sociedad mediática. Por esa razón, controlar la imagen que se proyecta en los medios de comunicación se ha convertido en una preocupación prioritaria de cualquier institución, personalidad o colectivo. Nombrar significa definir, ubicar, catalogar. Un periódico no sólo es una propuesta de jerarquía de la realidad, sino un modo de definirla, y lo hace con el lenguaje como principal herramienta. Pero el lenguaje no es neutro ni permanece estático. Refleja una manera de pensar y evoluciona con el tiempo, como el propio pensamiento.

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El deseo de controlar la visibilidad mediática es la razón por la que los periódicos son objeto de una creciente presión sobre la forma en que utilizan el lenguaje. Esa presión procede de dos frentes: el de quienes se defienden del uso del lenguaje periodístico como fuente de estereotipos negativos que tienen efectos discriminatorios sobre determinados colectivos, y el de quienes, de forma activa, pretenden modular la expresión periodística con normas de corrección política destinadas a imponer cierta visión de la realidad acorde con sus intereses particulares. De ambas se nutre abundantemente el correo de la Defensora.

Abordaré hoy el primero de estos frentes, el de las ofensas. El goteo de quejas por el uso de determinadas expresiones que se consideran lesivas es permanente. Las últimas que he recibido se refieren al artículo La culpa del otro, en el que el profesor Rafael Argulloll aludía el pasado 31 de mayo a "las circunstancias que rodean a la juventud como causantes del preocupante barbarismo que se detecta en forma de ignorancia, apatía, autismo o violencia". La frase molestó a algunos lectores, padres de niños autistas. Eva Reduello nos reprocha "el uso del término autista como sinónimo de barbarismo". "Yo, hasta que tuve una hija con autismo, tenía el mismo concepto: personas que se aíslan del mundo, lo rechazan y muestran apatía e incluso agresividad contra él", pero ésa es una visión "trasnochada y falsa". "Mi hija es cariñosa, dulce y alegre, y es muy feliz", dice. Ester Cuadrado exige "respeto y ética" porque "el uso que perpetran de la palabra autismo incide de manera directa en la consideración social de niños como mi hijo", argumento que comparten otros padres como Eva Campano, David Vaguco o Mariano Alvira.

"No es sólo una cuestión de lenguaje", insiste Eva Reduello. "Es algo más. Estamos intentando cambiar el concepto que la sociedad tiene de este síndrome, y para ello necesitamos hacernos visibles, mostrarnos tal como somos". Ésa es la clave, el núcleo de las quejas que llegan por este tipo de problemas desde diferentes colectivos.Rafael Argulloll acepta las críticas: "Utilizo el término autista como metáfora, como figura retórica. Pero agradezco las matizaciones porque un escritor ha de ser responsable de la evolución de las palabras. Como autor, puedo ejercer una violencia que estoy dispuesto a retirar porque me cuesta menos retirar una metáfora que herir, aunque sea a una minoría, con esa metáfora".

Un periódico tiene que ser sensible a la evolución social del lenguaje y evitar el uso estigmatizador de palabras como autismo, esquizofrenia, borderline o psicótico, que pueden causar daño. La palabra "anoréxica", por ejemplo, está siendo ya utilizada de forma despectiva, como insulto, en ciertos medios juveniles. El uso responsable de las palabras es una exigencia del buen periodismo. Pero ¿significa eso que no pueden utilizarse nunca esas palabras como metáfora de una situación? No. Porque una cosa es no ofender o estigmatizar, y otra aceptar limitaciones que empobrezcan el lenguaje. Argulloll comparte este criterio: "Llevado eso a las últimas consecuencias, acabaríamos con el lenguaje simbólico literario. La salud es una de las principales fuentes de metáforas porque enfermedad procede de "infirmitas", que significa "no estar en tierra firme", y esa situación de fragilidad ha nutrido siempre de metáforas el lenguaje".

Preguntado sobre esta cuestión, Vicente Jiménez, director adjunto, opina: "Determinadas expresiones pueden molestar al lector y conviene evitar su empleo. Sin embargo, un periódico no puede vivir al margen de los usos cambiantes del lenguaje ni renunciar a recursos estilísticos o de titulación que ayudan a la comprensión e interés de los textos. El periódico debe ser sensible a las quejas de los lectores, sobre todo en lo relativo a enfermedades, trastornos o minusvalías en textos que nada tienen que ver con ellas. Pero un exceso de corrección lingüística limaría la riqueza estilística".

Encontrar un equilibrio no es fácil, pues las exigencias son cada vez mayores. Primero se rechazó, con razón, el término "loco" porque era peyorativo, y se sustituyó por el de "enfermo mental". Es sin duda más apropiado. Pero desde ciertas asociaciones de pacientes se nos exige ahora que no hablemos de enfermos mentales o de discapacitados, sino de "personas con enfermedad mental" o "personas con discapacidad", pues la condición de esquizofrénico, como la de diabético, no es lo único que define a esa persona. De acuerdo. Pero estos colectivos han de comprender que tampoco podemos retorcer el lenguaje hasta encorsetarlo en una capa de escayola.

El problema a veces no radica en el uso de las metáforas, sino en la capacidad que tiene el periodismo de crear estereotipos. El arquitecto Héctor Sequero Marcos se ha dirigido a la Defensora preocupado por el uso que el periódico está haciendo del término "ladrillo" para referirse al sector de la construcción. Le parece una simplificación que distorsiona la realidad. "Es cierto que la burbuja inmobiliaria ha producido daños, pero no toda la construcción es especulativa. Están ustedes alimentando el uso de un término despectivo y con ello extienden a todo el sector lo que ha sido un mal comportamiento de una parte".

Vicente Jiménez no acepta esta crítica. "En periodismo, como en cualquier otra expresión literaria, la sinécdoque (designar un todo con el nombre de una de sus partes) es lícita. Entiendo que para muchos profesionales del sector de la construcción, la palabra ladrillo pueda tener un matiz despectivo y a menudo asociado con un ámbito demasiado plagado de prácticas delictivas. Sin embargo, creo que en este caso la culpa no la tiene el lenguaje escrito ni su uso por los periodistas, sino la abundancia de canallas que han visto en el ladrillo, la oportunidad de llenarse el bolsillo a costa de la ley".

La Defensora cree que estamos abusando de la palabra "ladrillo" para referirnos al sector de la construcción y que ello no enriquece ni el lenguaje ni al periódico, sino que los empobrece porque simplifica en exceso. Y el uso peyorativo tiene además consecuencias sobre la percepción social del sector. Tal es así, que el arquitecto Luis Fernández-Galiano, colaborador habitual de EL PAÍS, tuvo que salir el pasado día 18 en defensa del sector con un artículo (que recomiendo) titulado precisamente Elogio del ladrillo. Hago mía una frase con la que el propio Fernández-Galiano inició otro artículo en este diario en julio de 2007, justo antes de que estallara la crisis de las hipotecas basura: "Construimos con ideas. El boom inmobiliario es una burbuja de cemento y codicia, pero la arquitectura se levanta sobre el pensamiento".

La arquitectura del periodismo se levanta sobre el lenguaje y el lenguaje es pensamiento. Construimos con ideas. Y con la elección de las palabras, no sólo hablamos de la realidad, sino de nosotros mismos como periódico. Lo cual me lleva al segundo problema que planteaba en el inicio de este artículo: cómo gestionar la presión de discursos fuertemente ideologizados que pretenden imponer una determinada percepción de la realidad a base de corrección política o de vaciar de contenido determinadas palabras como sostenibilidad, patriotismo o solidaridad. Pero eso será objeto de un nuevo artículo.

lunes, 27 de julio de 2009

Las incertidumbres de la prensa escrita


Por Milagros Pérez Oliva (El País, Madrid)

El periódico de papel no está muerto, puede incluso tener aún larga vida, pero el futuro es sin duda digital. Éste podría ser el resumen de una serie de debates a los que he asistido en las dos últimas semanas en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo de Santander, la Universidad de León y el Colegio de Periodistas de Catalunya. En todos ellos se debatía la crisis de la prensa escrita y las inquietantes incógnitas que se ciernen sobre el futuro del periodismo, una cuestión que preocupa en las redacciones.
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Como la de muchos otros diarios, la de EL PAÍS se encuentra en estos momentos inmersa en un cambio estratégico, de adaptación a las enormes posibilidades que ofrecen las nuevas tecnologías, que considero importante que ustedes conozcan. Son cambios organizativos y tecnológicos que abren grandes oportunidades, pero también ciertos riesgos. El más importante de estos cambios es la integración de las dos redacciones, la del diario impreso y la del digital, que durante años no sólo han funcionado por separado, sino que incluso han pertenecido a empresas diferentes dentro del Grupo PRISA. Entre los tecnológicos destaca la búsqueda de nuevas vías de distribución, como el reciente acuerdo alcanzado con la librería electrónica Amazon.com para poder descargar (de momento, sólo en Estados Unidos) el contenido del diario impreso en el lector electrónico Kindle.

Lo que confiere gravedad e incertidumbre a la actual situación de la prensa escrita es la coincidencia de al menos tres crisis que operan de forma simultánea: la crisis económica general, que ha llevado a una caída sin precedentes de los ingresos por publicidad; una crisis de modelo industrial y tecnológico, que obliga a replantear no sólo los formatos del periódico, sino la organización del trabajo periodístico, y una crisis de credibilidad que afecta al periodismo en general y que en los últimos años ha dado lugar a intensos debates como el propiciado en torno al Project for Excellence in Journalism, cuya web les invito a visitar.

El American Press Institute reunió en noviembre pasado a 50 editores de los diarios más importantes de EE UU. Su diagnóstico no podía ser más inquietante: la caída de las ventas y de los ingresos por publicidad, la ruptura que representan Internet y las nuevas tecnologías, y la competencia de nuevos actores, como los agregadores de noticias (Google News y otros), están llevando a la prensa escrita "al borde del precipicio". La evolución de 2009 no ha hecho sino agravar la crisis y muchos grupos de prensa han entrado en pérdidas, aunque la vuelta a los beneficios en el último trimestre del grupo editor de The New York Times hace albergar esperanzas de brotes verdes también en la prensa.

Sin embargo, aunque la crisis económica amainara a corto plazo, la del modelo industrial, vinculada al desafío de los cambios tecnológicos, está lejos de resolverse. La extensión de la cultura de la gratuidad en Internet y los cambios en la forma de percibir y acceder a la información por parte de las nuevas generaciones están conduciendo a una progresiva disminución de las ventas en quiosco, la otra gran fuente de ingresos de la prensa escrita, en todos los países industrializados. La migración de lectores hacia el formato digital no está siendo acompañada por la correspondiente migración de la publicidad. De hecho, las ediciones digitales no serían rentables si tuvieran que producir por sí mismas los contenidos que ahora les proporciona la edición impresa. De manera que en la práctica, el lector que va cada día al quiosco a comprar el diario está subvencionando a los lectores que acceden al diario digital de forma gratuita. ¿Cuánto tiempo continuarán pagando, teniendo en cuenta además que la versión digital, a la que se puede acceder sin coste alguno, es ya más completa y extensa que la impresa?

La combinación de estas crisis está dando lugar a no pocas paradojas. La primera es que, en una sociedad acelerada y permanentemente preocupada por anticipar el futuro, como señala Daniel Innerarity en su libro El futuro y sus enemigos, disponer de información fiable y de calidad es más importante que nunca. Y de hecho circula una gran cantidad de información. Pero mientras la necesidad de información crece, disminuye el número de ciudadanos dispuestos a pagar por ella. Gracias a Internet, los diarios tienen ahora una audiencia más amplia y extendida que nunca, pero grandes dificultades para rentabilizar su trabajo periodístico. De hecho, en estos momentos lo rentabilizan más las empresas tecnológicas que facilitan los nuevos soportes y accesos que las que producen los contenidos. Lo cual no parece sostenible.

Los editores se plantean un cambio de estrategia y sus foros hierven con múltiples y diferentes propuestas. En mayo pasado se dio a conocer, por ejemplo, el Newspaper Economic Action Plan, promovido por el American Press Institute, que plantea distintas estrategias para afrontar las transformaciones y rentabilizar los contenidos online. Algunos importantes diarios se plantean implantar de nuevo un sistema de suscripciones para poder acceder a los contenidos online, mientras otros exploran aplicar algún sistema de micropago.

Pese a las incertidumbres, todos tienen claro que el futuro está en el máximo desarrollo de la edición digital. También EL PAÍS, pues ésta es la que le permite ampliar su audiencia en todo el mundo como nunca hubieran soñado sus fundadores. Los periódicos más innovadores han iniciado ya la transición hacia un nuevo modelo de producción que ha de convertirles en proveedores de contenidos en múltiples soportes (papel, ordenador, teléfono, libro electrónico, televisión, etcétera) y múltiples formas (impresa, en audio, en vídeo). Periódicos como The New York Times, The Guardian o The Washington Post están avanzando en el proceso de integración de sus redacciones por diferentes vías, pero es The Daily Telegraph el que parece haber llegado más lejos en la configuración de una redacción multimedia preparada para ofrecer contenidos en todos los soportes.

También EL PAÍS ha iniciado el camino de la integración. Lydia Aguirre, directora de El País.com, explica el objetivo: "Nos estamos transformando para adaptarnos a la demanda de la sociedad. El reto es que los lectores puedan recibir los contenidos que producimos donde quieran y de la forma que quieran; que puedan recibir las noticias en diferentes soportes según sus necesidades en función del lugar en el que estén y la vía que les resulte más cómoda".

El modelo de redacción multimedia exige cambios importantes. El diario impreso dispone de cierto tiempo para verificar y contrastar las informaciones. El periódico digital incorpora la inmediatez de la radio y la mentalidad de la agencia de noticias. A diferencia del papel, en el soporte digital cabe todo lo que se quiera introducir. Dar la noticia lo más pronto posible se convierte en un imperativo categórico, lo cual puede afectar a la calidad de la información si no se establecen mecanismos de control de calidad ágiles, pero también muy severos para contrarrestar el factor de inseguridad que la prisa representa en periodismo.

Diferentes expertos con los que he coincidido estos días consideran que eso requerirá no sólo reforzar los equipos humanos de las nuevas redacciones, sino situar en los puestos clave de decisión a profesionales de gran veteranía y amplios conocimientos. De modo que los periódicos que, a causa de la crisis económica, se han decantado por prescindir de sus profesionales más veteranos para reducir costes, tal vez los echen de menos muy pronto.

El futuro del periodismo exige cambios, y los lectores tienen mucho que decir al respecto; por eso he querido hacerles partícipes, con esta breve pincelada, del debate en el que están sumidas las redacciones. Les invito a participar. A partir de septiembre, la Defensora dispondrá de un nuevo espacio en la edición digital con el que me propongo intensificar el diálogo entre la redacción y los lectores. Gracias por la ayuda que me han prestado hasta ahora y que disfruten de sus vacaciones.

domingo, 5 de julio de 2009

La batalla de las palabras en un golpe de Estado

Por Milagros Pérez Oliva, defensora del lector de El País, Madrid

Decía en mi artículo del pasado domingo que la arquitectura del periodismo se levanta sobre el lenguaje y el lenguaje es pensamiento. Con la elección de las palabras definimos la realidad, por eso uno de los problemas del periodismo es encontrar los términos justos que mejor definen una situación. Pero no siempre es fácil cuando la situación es confusa, evoluciona rápidamente y concurren fenomenales intereses en juego. Lo ocurrido en Honduras en los últimos días constituye un excelente ejemplo de cómo una misma realidad puede tener interpretaciones opuestas. La batalla de las palabras que se está librando en Honduras en paralelo a la batalla del poder ha tenido fiel expresión en el correo de la Defensora: mientras unos lectores acusan al diario de ser complaciente e incluso justificar en un primer momento el golpe de Estado, otros nos acusan de desinformar y confundir a la opinión pública al condenar lo que para ellos es una legítima defensa de la democracia.

Ya conocen ustedes los hechos: el presidente Manuel Zelaya convoca una consulta popular para reformar la constitución y eliminar la limitación que le impide presentarse a un segundo mandato. El Parlamento vota un reglamento que veta esa consulta y el Ejército sale a la calle en una maniobra preventiva contra las iniciativas del presidente. Zelaya destituye al jefe del Estado Mayor y éste se resiste a abandonar su puesto. Finalmente, el presidente es apresado y expulsado del país.

El diario ha ofrecido una extensa cobertura informativa y ha publicado dos editoriales. El primero se publicó el sábado y era especialmente crítico con Zelaya. El segundo, publicado el lunes, condenaba claramente el golpe. Ambos han sido fuertemente contestados. El primero comenzaba criticando "la moda de repetir mandatos presidenciales saltándose la ley" propia del "caudillismo de izquierdas" y se refería a las maniobras del Ejército como "la negativa militar a cooperar en la consulta ilegal" promovida por Zelaya. Este texto fue interpretado por algunos lectores como una defensa de las posiciones golpistas o como un intento de "generar una opinión pública favorable" al golpe. Así lo estimaron José Luis Gasch, Antonio Flórez, Víctor Casco Ruiz, Hugo Martínez Abarca y Andrés Fariña el mismo fin de semana. Cayetano López y Rafael García Almara añaden que con este posicionamiento el diario se aleja de "la línea progresista" que había mantenido durante años. Por su parte, Carmen Arango ha remitido un largo escrito firmado por seis personas en el que, además de criticar que El PAÍS "minimizara lo que era un golpe de Estado de manual", consideran que se está produciendo un viraje en la posición del diario respecto de América Latina y expresan sus dudas acerca de si la línea editorial del diario está condicionada por intereses empresariales del grupo al que pertenece.¿Se precipitó El PAÍS a la hora de catalogar los hechos en el primer editorial? El director adjunto responsable del área de Opinión, Lluís Bassets, responde: "El editorial no se precipitó al enjuiciar los errores cometidos por Zelaya, ni dedujo de su evaluación que los militares debían destituirle y expulsarle en un golpe de Estado. Tampoco hubo cambio de línea, puesto que analizar los errores de Zelaya como se hizo en el editorial del sábado es perfectamente compatible con la condena de un golpe de Estado inconstitucional, como sí hizo en el del lunes. Es legítimo discutir los argumentos utilizados en uno y en otro, pero no me parece justo que se lea el primer editorial como si se hubiera escrito después del golpe y sirviera para justificarlo".

Cuando se escribió el editorial, los soldados patrullaban ya por las calles de Tegucigalpa, y el propio diario se hacía eco en su crónica de las voces que, desde la Alianza Bolivariana, advertían de que se estaba gestando un golpe de Estado. La situación era, por lo menos, ambigua. En un caso así, tal vez hubiera sido más adecuado tener en cuenta el punto 1.1 del Libro de Estilo, en el que EL PAÍS se define sí mismo como "defensor de la democracia plural según los principios liberales y sociales". La comunidad internacional, incluido el Gobierno de Obama, condenó inmediatamente el golpe de Estado, pero la batalla ideológica ha continuado, por lo que el segundo editorial, de clara condena del golpe, también ha motivado quejas, aunque menos.

Para Grethel Zavala, no hay tal golpe de Estado, sino un acto de defensa de la democracia frente a un mandatario que "cometió un delito de usurpación de poderes y traición a la patria"; Edgardo Figueroa sostiene que la destitución del presidente se produjo "dentro del marco legal" para "evitar el comunismo y la intromisión de Hugo Chávez"; y Samuel Valladares, que el Ejército se ha limitado a obedecer una orden judicial en defensa de la Constitución. Todos piden que rectifiquemos.

Lo cual nos lleva a la reflexión que les proponía el pasado domingo: cómo abordar la creciente presión de sectores fuertemente ideologizados que, conscientes de la importancia que tienen los medios en la conformación de la opinión pública, tratan de modelar la percepción de la realidad por la vía de imponer la terminología más favorable a sus postulados.

En un conflicto tan polarizado como éste o como el que enfrenta a judíos y palestinos, que también provoca constantes protestas de una y otra parte, cada uno de los sectores enfrentados espera de EL PAÍS que narre los acontecimientos de acuerdo con su particular visión de los hechos. Y si no lo hace, le acusa de parcialidad. El dilema sobre la catalogación de los acontecimientos es tan antiguo como la historia, pero la importancia que la información tiene en la sociedad mediática hace que el escrutinio sea ahora mucho más severo.

¿Qué esperan realmente los lectores del diario? A tenor de las cartas recibidas, una parte de ellos espera una especie de comunión ideológica absoluta, poder ver reflejadas sus propias posiciones en las del diario, y viceversa. Pero hay muchos otros que esperan un relato fidedigno de los hechos y un análisis distanciado y riguroso a partir del cual poder construir su propia opinión. Lo sé porque de éstos también llegan muchas cartas. Son expectativas antagónicas. En todo caso, el diario no debe apartarse de su Libro de Estilo: "EL PAÍS se esfuerza por presentar diariamente una información veraz, lo más completa posible, interesante, actual y de alta calidad, de manera que ayude al lector a entender la realidad y a formarse su propio criterio".

El relato de los hechos debe ser la columna vertebral de ese esfuerzo. Y una clara separación entre información y opinión, como también establecen nuestras reglas internas. Las crónicas interpretativas, al ser más subjetivas, se prestan más a incluir valoraciones personales y corren por ello un mayor riesgo de parecer parciales. Ese mayor subjetivismo puede irritar a la parte agraviada de quienes esperan comunión ideológica, y defraudar a quienes esperan datos objetivos para el análisis. Alberto Llamas Ros escribe a la Defensora para quejarse de una de las crónicas sobre el conflicto de Honduras, la titulada "Casi mejor que se lo llevaran", del jueves día 2. En ella se hacen afirmaciones como que "el país olvida a Zelaya" o que "los hondureños desconfían del presidente depuesto por su sumisión a Chaves". Este lector hace una pregunta muy pertinente: "¿A cuántos entrevistó el periodista para poder decir 'los hondureños' en general?". Y respecto de una frase tan valorativa como "según todas las fuentes consultadas, la única credencial que Zelaya puede presentar es haber sido víctima de un golpe", el lector insiste: "¿Qué fuentes?". Elegir para el titular una frase como la indicada da a entender que ésa es una opinión muy extendida, cuando en la crónica sólo la sustenta un vecino sin ninguna significación política.

En conflictos tan polarizados y con tanta carga ideológica, es muy importante extremar las cautelas y cuidar las formas. Citar las fuentes da credibilidad a la crónica. No hacerlo incrementa la percepción de subjetivismo y parcialidad.